
7 de Febrero de 2013
El síndrome de alienación parental no tiene sexo y también lo sufren algunas madres.La solución es la custodia compartida.
EDUCAR
Mientras no se acabe con el cuento de la custodia monoparental en los juzgados corruptos familia ,
tanto padres como madres seguirán sufriendo por los hijos y los hijos seguirán sufriendo por los padres.Esto sigue siendo un escándalo en España.
"Soy tu madre no me olvides"
Son muchas las madres que no pueden ver a sus hijos porque sus respectivas parejas tienen la custodia y han influido de tal manera en sus hijo que estos se niegan a ver a sus madres.Aunque esto es el pan nuestro de cada día pero al reves,la custodia monoparental es una de las formas mas grave de maltrato infantil cuando viven el padre y la madre.
Esta es la historia de tres madres con el corazón roto porque les niegan el derecho a ver sus propios hijos. En España es excepcional, pero en Gran Bretaña 50.000 mujeres han dejado de vivir con sus hijos porque no tienen la custodia.
Mujerhoy.com | 26 ene 2013 MUJER HOY - CAROLINE SCOTTS / THE SUNDY TIMES MAGAZINE
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Hace tres años que Lucy perdió todo contacto con sus hijas. La última vez que vio a Zoe y a Annie –que tenían entonces 10 y seis años– saltaron al coche de su padre, Paul, después de pasar todo un puente con ella haciendo “cosas normales”. “Fuimos de tiendas, vimos películas y cenamos juntas”. Desde entonces, no ha dejado de repasar mentalmente qué podría haber hecho mejor o diferente, y cómo podría haber evitado lo que vino a continuación. Ahora sus hijas ya tienen 13 y 9 años y, aparte de un encuentro casual con Zoe en la calle mientras compraba con sus amigas, no ha vuelto a verlas.
Lucy y Paul decidieron compartir la custodia de sus hijas después de su separación. Durante casi todo un año, el acuerdo funcionó: Lucy las tenía una semana y Paul la siguiente. Pero un viernes por la tarde no llegaron a la cita. En vez de eso, lo que recibió fue una llamada del abogado y, al día siguiente, una nota manuscrita con garabatos infantiles donde Zoe y Annie le decían: “Hemos decidido vivir con papá... teníamos miedo de decírtelo en persona. Papá nos ayuda con los deberes”. Como despedida, Annie le decía con las mayúsculas inseguras de una niña que está empezando a escribir: “Te quiero mamá”.
Lucy siempre ha trabajado como médico de familia, es una mujer acostumbrada a escuchar los problemas de los demás y a darles consejos. Sin embargo, ahora, consumida por una batalla judicial, lleva tres años sin trabajar. Lucy nos describe una relación inestable con su exmarido: se comunicaban por notas, tenían violentas discusiones y practicaban los silencios impenetrables. “Cuando le planteé a Paul que quería el divorcio, él le dijo a las niñas que iba a abandonarlas y me amenazó con suicidarse”. Todo un presagio de lo que estaba por venir.
“Nunca traían deberes a casa y, cuando les preguntaba, siempre me decían que ya los habían hecho”. Paul usaría más tarde las fichas de lectura como evidencia de que “papá les escuchaba leer”, pero mamá, no. Según se han intensificado las visitas al juzgado –hasta ocho procesos en tres años para intentar asegurarse el contacto con sus hijas– se han ido también incrementando la complejidad de las pruebas que había que aportar. Es muy duro observar de cerca los desesperados intentos de una mujer por probar que sus hijas realmente la quieren.
Sobre la mesa hay informes de la escuela y un dibujo hecho a lápiz por Annie a los siete años “donde me dibuja sonriendo”, dice la madre. También me muestra un extracto del diario –con portada de Hello Kitty– y una carta escrita una semana antes de la última vez que Lucy las viera: “Mamá te queremos hasta la Luna y más allá. Zoe”. Los psiquiatras y psicólogos han escrutado y clasificado todos los aspectos de su maternidad con precisión forense. En un momento dado, el agente de los servicios sociales hizo notar que Zoe y Annie repetían en tono quejumbroso que mamá “trabajaba demasiado” y “no tenía nunca tiempo para nosotras”. El único consuelo de Lucy se basa en que nadie le ha dicho que es “una mala madre”.
Chantaje emocional
“Mi abogado me dijo que muy poca gente podría haber resistido ese tipo de examen tan bien como yo. Y esas palabras son muy importantes para mí”. Pero no cambian nada, ya que el tribunal consideró que, a los 12 años, los niños son suficientemente maduros como para tener claro con quién quieren vivir. El juez, mientras reconocía cierto “chantaje emocional” por parte del padre, mantuvo la custodia de Paul, de acuerdo con los deseos expresados por las niñas.
Concedió a Lucy varias visitas semanales: “Pero ninguna se materializó”. ¿La excusa? “Paul decía que le dolía el estómago o que no querían venir. No contestaba al teléfono y, si me pasaba por allí, me amenazaba con denunciarme por acoso. A eso le siguió otro par de meses sin verlas antes de la siguiente audiencia”. Pero, ¿cómo pudo permitir el juez que aquello siguiera? Lucy se encoge de hombros. “Seguramente, mi exmarido le dijo al juez: “Lo he intentado con todas mis fuerzas, pero mis hijas se niegan a ver a su madre”.
Ninguna de las mujeres que participan en este reportaje se podía imaginar que acabaría perdiendo a sus hijos. Y todas han acabado preguntándose: “¿Cómo he podido llegar a esta situación?”. Lucy se ha gastado 67.000 € en costas legales e informes de expertos y sigue sin tener contacto con sus hijas. Su cara muestra signos inequívocos de agotamiento. “Mi abogado me dijo al principio que esto podía costarme una cantidad tremenda de dinero... pero nunca me preocupó. Yo tenía que estar segura de que hacía todo lo que estaba en mi mano para recuperar a mis hijas”. Después del fracaso, Lucy se siente “atrapada en un bucle eterno de dolor” y cree que podría estar sufriendo un síndrome de estrés post-traumático.
El año pasado, el informe de los juzgados de familia que emite el Ministerio de Justicia en Gran Bretaña recomendó no introducir la presunción legal de custodia compartida, advirtiendo que podría crear un “riesgo inaceptable de daños a los hijos”. En España, el 10% de los divorcios se salda con la custodia compartida y la madre solo pierde la custodia en casos muy extremos, cuando implica riesgo para la salud física o mental de los niños.
El Gobierno se ha comprometido hoy a impulsar una “ley única y nacional” que modifique el Código Civil para facilitar la custodia compartida de los hijos en caso de separación o divorcio, pero en países con más experiencia, como Gran Bretaña, muchos padres y madres pueden atestiguar que una orden de custodia compartida se convierte en papel mojado cuando hay una contraparte hostil que no la cumple. Y es que no hay apenas manera de reparar, salvo volver al juzgado. De hecho, el juez decano de los juzgados de familia, sir Nicholas Wall, ha acusado a los progenitores con mayor nivel educativo de plantear auténticas batallas legales donde usan a sus propios hijos como “munición de guerra. Según mi experiencia, cuanta más educación más retorcida es la disputa”.
Dos millones de madres sin la custodia
En Estados Unidos, donde más de dos millones de madres no tienen la custodia, el número de padres que la han ganado se ha doblado recientemente. Así que internet se ha inundado de consejos para madres trabajadoras, no sobre cómo lograr la custodia compartido, sino cómo no perderla. “Aunque tengas que pasar muchas horas en el trabajo, saca siempre tiempo para hacer los deberes, darles la comida, bañarles y leer con ellos. Memoriza los nombres de sus profesores, sus amigos y sus programas de la tele favoritos”, aconsejan. Y es que algunas sentencias de los juzgados de familia son sorprendentes. El pasado mayo, después de una agria batalla legal, Alaina Giordano –que a los 37 años sufre un cáncer de mama– fue sentenciada a entregar a sus hijos, de cinco y 11 años, a su padre debido al “deterioro en la salud de la madre”. Esta historia no sorprende a Sophie, 43 años, una florista diagnosticada con una “forma lenta de esclerosis múltiple” desde los 21 años. “La controlo con dieta y ejercicio, y no he empeorado desde entonces”. Aun así, le valió para perder la custodia de sus tres hijos: Zac, Lottie y May hace ya cinco años, cuando la pequeña apenas tenía un año de edad. Sophie aparente ser una mujer serena, divertida y llena determinación. Solo cuando habla de sus recuerdos empieza a deshilar la maraña: “Mi marido, Robin, era alto, moreno, guapo y tenía un buen sueldo –resopla–. ¿Cómo no me iba a enamorar?”. Pero inició una relación con la cuidadora. “Y no puedo negar que fue la mejor niñera que tuvimos –añade Sophie con una risita amarga–. Le di el trabajo porque era muy buena con los chicos, pero no me esperaba esto”.
Nada fue bien
Lo que fue insalvable para Sophie fue el hecho de que la cuidadora viviese en la casa familiar. “La situación se volvió insoportable. Se pasaban la vida cuchicheando en la cocina”. Así que cometió un error: se fue a vivir con sus padres. “Nunca debí marcharme. Era débil y vulnerable. Robin me quería fuera de casa y yo no fui fuerte para plantarle cara”. Un mes después, Sophie recibió una carta del abogado de Robin donde solicitaba quedarse con la casa. ¿Se imaginó que lo conseguiría? “Jamás. Mi marido apenas había cambiado un pañal en su vida. Y no podía ni imaginarme que algún juez le podría apoyar. “Todo va a ir bien”, me decía el abogado. Hasta el último momento, los dos pensamos que nada podía torcerse”.
Después de 13 comparecencias ante el tribunal, el juez le concedió la custodia a Robin y visitas durante las vacaciones a Sophie. Cuando ella no logró materializar los escasos contactos que le habían concedido, volvió a los tribunales para forzar al padre. El juez le ordenó que depusiese su actitud y estableció que ella podría visitarles los fines de semana alternos. Pero unos meses después se mudó a la otra punta del país. Fue a verles algún fin de semana, pero al final el contacto se ha ido perdiendo, sobre todo, porque los niños no quieren verla. “Eran tan pequeños que, cuanto más tiempo pasamos separados, menos ganas tienen de volver conmigo –dice, mientras su voz se ahoga en un sollozo–. Supongo que no he tenido tiempo suficiente para dejarles huella”.
Su salita está repleta de fotos escolares. Ella llama a los colegios y se interesa por sus estudios, pero más allá de una maleta repleta de papeles del juzgado en lo alto del armario, no le queda nada de sus hijos. Sophie cuenta que ha “reconstruido su vida desde cero: he hecho un grado en Psicología que me ha ayudado a entender por lo que están pasando mis hijos. Quiero estar fuerte el día que ellos decidan verme”.
El estigma
No hay ninguna pista, ni una muestra, en casa de Helen que sugiera que una vez fue madre. Todos los utensilios de cocina en su adosado son nuevos, desde la tostadora a las tazas en las que sirve el té. Hace un año, con 48, decidió aceptar un trabajo en una zona del país donde casi nadie la conocía. “En un pueblo pequeño el estigma es tremendo. No podía ni ir a ver a mis hijos jugar al rugby porque ya no pertenecía al grupo de madres. Eres esa malvada mujer que no vive con sus hijos”.
Volver al trabajo cuando el pequeño cumplió los ocho años fue para Helen “como un despertar”. Con la posibilidad de ganar algo de dinero, decidió separarse y alquiló una pequeña casa en el campo, pero el padre les dijo a los niños: “Este es vuestro hogar, tenéis que elegir entre ella o yo”. Helen fue viendo cada vez menos a sus hijos. “Me pasaba a llevarles un regalo por su cumpleaños y se negaban a salir”.
El juició se desarrolló a lo largo de unos “horribles otoño e invierno de comparecencias interminables”. Stephen le contó al juez en tono de confidencia: “Nunca le he dicho a los chicos que no puedan ver a su madre”. Pero ella cree que nunca lo ha necesitado, “porque le temen y le aman, como yo le temí y le amé”. Finalmente, el juez le concedió la custodia compartida, pero Helen lleva cuatro años sin tener contacto con sus hijos. “He hecho todo lo que me han dicho. He llamado, les he escrito cartas, he vuelto a los juzgados una y otra vez... Mientras tanto, él les llevaba en coche a la escuela para que no pasen por delante de mi casa. Al final, ha sido más fuerte que yo”.
Helen describe cómo ha pasado por todos los estados del duelo. En este momento vive con una “culpa terrible e irremediable” asociada a saber que sus hijos están creciendo sin el apoyo emocional que supone una madre. Les manda mensajes que no reciben respuesta. “Piensan que soy una mala madre –dice–, pero he hecho todo lo que he podido”. En su casa nueva hay una habitación para ellos, con las camas preparadas y posters de coches de carreras. Helen mira avergonzada: “Los niños crecen rápido... No sé si les siguen gustando los coches. Pero quiero que sepan que si me necesitan, aquí estaré
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